R E F L E X I O N E S   C A T Ó L I C A S
S O B R E   L A   B I B L I A

Arquidiócesis de Miami
Ministerio de formación cristiana
 

4 de mayo de 2008
7o Domingo de Pascua (Ciclo A)

Lectura del Evangelio según san Juan 17:1-11ª En aquel tiempo, Jesús elevó los ojos al cielo y dijo: “Padre, ha llegado la hora: da gloria a tu Hijo para que tu Hijo te dé gloria a ti, usando el poder que a él le diste sobre todos los hombres para comunicar la vida eterna a todos aquellos que le diste a él. Pues ésta es la vida eterna: conocerte a ti, único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesús el Cristo. Te he glorificado en la tierra, cumpliendo la obra que me habías encargado. Ahora tú, Padre, dame junto a ti la misma gloria que tenía a tu lado desde antes que comenzara el mundo. A los que me diste, salvándolos del mundo, les he hecho saber quién eres tú. Los sacaste del mundo, pues eran tuyos, y me los diste, y han hecho caso de tu palabra. Ahora ellos reconocen que viene de ti todo lo que me diste. Las palabras que me confiaste, se las he entregado y las han recibido. Reconocieron verdaderamente que yo he salido de ti, y creen que tú me enviaste. Yo ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que tú me diste, que ya son tuyos. Todo lo mío es tuyo y todo lo tuyo es mío y yo he sido glorificado en ellos. Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos quedan en el mundo, mientras yo vuelvo a ti”.

Comentario breve:
El capítulo 17 contiene la oración de Jesús que desde el siglo XVI se conoce como la “oración sacerdotal”. En ella, Cristo, antes de morir, ofrece en sacrificio su propia vida; sacerdote y víctima a la vez y le pide al Padre que le otorgue la gloria en esta hora decisiva de su muerte y de su consecuente triunfo y resurrección. Este es el momento en que Cristo ruega por su Iglesia, a la que encarga su propia misión. El deber principal de la Iglesia será conocer a Dios. La palabra conocer es repetida siete veces, como prueba de que este conocimiento está en el centro de la oración de Jesús. Sea cual fuere la situación de la Iglesia, su misión propia e irreemplazable será la de conservar y proclamar el verdadero conocimiento del Padre y el mandato de su Hijo. Jesús quiere también que cada uno de los suyos conozca a Dios. Esto exige interiorización de la palabra de Dios, oración perseverante, celebraciones comunitarias.

Cuando Juan escribe su Evangelio, las comunidades cristianas confrontaban desacuerdos teológicos que amenazaban su unidad. En esta oración Jesús pide al Padre que proteja a todos los creyentes y pide también un don especial para todos aquellos que creen en él: la UNIDAD. Esta petición está basada en la unión que Jesús tiene con el Padre y la cual ha logrado con sus discípulos.

Tres ideas importantes de la lectura:

  • El Hijo glorificó al Padre al cumplir su misión de revelarlo ante los suyos, y ahora pide al Padre que le otorgue la gloria merecida que ya poseía desde antes de ser enviado.

  • Conocer a Dios revelado en Jesús es tener ya la vida eterna y, ¡comienza ahora!

  • Para Juan, “manifestar el nombre” se refiere a “YO SOY” (véase 8:24; 28:58; 13:19).

Para la reflexión:

  1. ¿Cómo vivo “la vida eterna” que ya ha comenzado? ¿Estoy en paz conmigo mismo?

  2. ¿Cómo ayudo a que otros puedan vivir a plenitud? ¿Me limito a hablarles de religión?
     

11 de mayo de 2008 
Pentecostés* (Ciclo A)

Lectura del Evangelio según san Juan 20:19-23 La tarde de ese mismo día, el primero de la semana, los discípulos estaban a puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús se hizo presente allí, de pie en medio de ellos. Les dijo: “La paz sea con ustedes”. Así como el Padre me envió a mí, así yo los envío a ustedes”. Dicho esto, sopló sobre ellos: “Reciban el Espíritu Santo, a quienes ustedes perdonen, queden perdonados, y a quienes no libren de sus pecados, queden atados”.

*Originalmente era la fiesta agrícola judía establecida para presentar a Dios las primeras espigas y se celebraba siete semanas después de la Pascua. De ahí viene su nombre griego, pentekoste (día quincuagésimo).

Comentario breve:
Así como en la primera creación (Génesis 2:7), el aliento de Dios infundió la vida al hombre, así también el soplo de Jesús comunica la vida a la nueva creación espiritual. Cristo, que murió para quitar el pecado del mundo, ya resucitado, deja a los suyos el poder de perdonar. El Evangelio de Juan nos da un relato único de la venida del Espíritu Santo sobre los discípulos. Al aparecer Jesús los discípulos estaban llenos de miedo y justamente por eso el Señor los saluda deseándoles la paz. Después de otorgarles este don, vienen los dos hechos más importantes del relato: el envío oficial por el cual Jesús pone en manos de sus amigos la continuación de su misión; en lo sucesivo actuarán como autorizados del Padre. Enseguida y para que ellos puedan ser capaces de proclamar al Dios de amor, perdón y justicia tienen que ser habilitados con la presencia del Espíritu. En este envío, los discípulos se convierten en apóstoles, que quiere decir “enviados”. A través de la presencia del Espíritu, la comunidad cristiana podrá acoger o excluir, en nombre de Dios, a los hermanos de la comunidad eclesial.

Tres ideas importantes de la lectura:

  • La capacidad de perdonar es la única fuerza que permite solucionar las grandes tensiones de la humanidad.

  • El don de Cristo resucitado es la paz y esta los llena de gozo. Es el gozo del que Jesús les había hablado en Juan 16:22: “Cuando los vuelva a ver, su corazón se llenará de alegría, y nadie podrá quitarles esa alegría”.

  • A través del Espíritu la Iglesia posee el poder de perdonar los pecados. Todos estamos llamados a perdonarnos. (El Concilio de Trento en 1551 declaró que este poder se manifiesta en el sacramento de la Penitencia).

Para la reflexión:

  1. ¿Dejo que personas o situaciones me quiten la paz y el gozo de Cristo? Explique.

  2. ¿Soy un instrumento de paz y perdón en mi familia, centro de trabajo y parroquia? ¿Cómo?
     

18 de mayo de 2008 
Santísima Trinidad (Ciclo A)

Lectura del Evangelio según san Juan 3:16-18 En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo único, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no mandó a su Hijo a este mundo para condenar al mundo sino para salvarlo. El que cree en él no se pierde; pero el que no cree ya se ha  condenado por no creerle al Hijo único de Dios”.

Comentario breve:
Hoy la Iglesia universal celebra la fiesta de la Santísima Trinidad. Esta doctrina afirma la comunión íntima de Dios con nosotros, a través de Jesucristo, en el Espíritu Santo. Los cristianos creemos que Dios interviene y participa en la historia. Desde un principio, Dios ha tratado de comunicarse y relacionarse con todas sus criaturas. En el Antiguo Testamento lo hizo a través de sus hazañas y de los profetas. En la plenitud de los tiempos, Dios se hizo uno con la humanidad en Jesucristo, quien es la imagen visible del Dios que no podemos ver (Col 1:15). Por el poder del Espíritu Santo, Dios continúa su presencia activa entre nosotros, buscando una comunión eterna con sus criaturas.

El famoso versículo que hoy leemos: “Tanto amó Dios al mundo…” es generalmente asociado a la muerte de Jesús. Este énfasis ha ocultado el don principal de Dios en la encarnación. El nacimiento de Jesús, la Palabra hecha carne, es la prueba más radical del amor de Dios por nosotros al querer hacerse partícipe de nuestra humanidad.

A veces los cristianos pensamos que Dios no ama “al mundo”. Recordemos que cuando la Biblia se refiere al mundo de un modo negativo, está hablando del pecado, de la vida apartada de Dios. En este pasaje vemos claramente que si la Palabra de Dios se hace carne, es precisamente por su gran amor al mundo.

Tres ideas importantes de la lectura:

  • La Palabra se hizo carne para que todos pudiéramos conocer cuánto nos ama Dios. Hoy el Espíritu Santo nos sigue revelando ese amor incondicional.

  • Para los cristianos Dios es Trinidad y esto tiene consecuencias radicales. Dios es comunión y relación. Es decir, que la Trinidad no es una doctrina acerca de un Dios aislado, sino sobre la relación de Dios con nosotros y nuestras relaciones.

  • Jesús vino a salvar, no a condenar, pero algunos se condenan ellos mismos al apartarse de la luz.

Para la reflexión:

  1. Dios me ama tanto que se ha hecho uno conmigo. ¿Cómo estoy respondiéndole?

  2. ¿Cómo andan mis relaciones? ¿En qué aspectos necesito mejorarlas? Explique.
     

25 de mayo de 2008
Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Ciclo A)

Lectura del Evangelio según san Juan 6:51-58 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para la vida del mundo”. Los judíos discutían entre ellos. Unos decían: “¿Cómo este hombre va a darnos a comer su carne?” Jesús les contestó: “En verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del Hombre, y no beben su sangre, no viven de verdad. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es comida verdadera y mi sangre es bebida verdadera. El que come mi carne y bebe mi sangre vive en mí y yo en él. Como el Padre que vive me envió, y yo vivo en él, así, quien me come a mí tendrá de mí la vida. Este es el pan que bajó del cielo, no como el que comieron los antepasados de ustedes, los cuales murieron. El que come este pan vivirá para siempre”.

Comentario breve:
La lectura de hoy está considerada por los estudiosos bíblicos como una homilía basada en las enseñanzas de Jesús, pero elaborada más tarde por un predicador cristiano inspirado por el Espíritu Santo. En este sentido, todo el discurso del Pan de Vida viene del Señor. El texto le señala a los lectores de hoy las dificultades que sentían los judíos al oir las palabras de Jesús. El discurso está basado en varias lecturas del Antiguo Testamento que se refieren al “alimento bajado del cielo que satisface el hambre del pueblo y al maná, pan celestial”. (Vea Ex 16:4; Neh 9:15; Salmo 78:24; Salmo 105:40). Los versículos del 51 al 58 son la sección final del discurso y usan un vocabulario más radical: carne, sangre, comer, alimentarse, beber. En la primera parte del discurso Jesús habló acerca de cómo alimentar a los discípulos que creían. El verbo “creer” se reemplaza aquí por: “a no ser que coman”. Estos versículos hablan claramente del alimento sacramental. Jesús proclamó una comunión misteriosa y real entre su propio Cuerpo y el nuestro. Juan, quien es el único evangelista que no relata la Última Cena, transfirió todo el contenido Eucarístico a este capítulo. Aquí él une los dos elementos esenciales de la Eucaristía cristiana: la palabra (ver 35:47) y el pan (ver 48:59).

Tres ideas importantes de la lectura:

  • Cuando somos alimentados con la Eucaristía renovamos nuestro compromiso de servir a Cristo en aquellos que tienen hambre de alimentos o de una vida digna.

  • Cuando cantamos el gran Amén en la Eucaristía estamos diciéndole sí al cuerpo entero de Cristo. Esto incluye la presencia real de Cristo en el sacramento, pero también en todos los que nos rodean.

  • Los cristianos estamos llamados a participar de lleno en la vida de Cristo. A través de la Eucaristía somos uno con él y con los demás.

Para la reflexión:

  1. ¿Cómo puedo ser alimento para alguien que necesita ayuda o que necesita ser escuchado?

  2. Cuando digo Amén al Cuerpo y la Sangre de Cristo, ¿estoy también aceptando a los que me caen mal?