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Benedicto XVI proclama a Cristo
como nuestra esperanza
Ahora que el Papa Benedicto XVI visita la Iglesia de Estados
Unidos, recordemos el texto tan rico de su encíclica Spe
salvi. El Papa nos dice que el mundo tiene necesidad de
Dios, pues de lo contrario se queda sin esperanza. “¿En qué
consiste esta esperanza tan grande y tan confiable que
nos permite decir que en ella está nuestra salvación?”,
pregunta. “Consiste en el conocimiento de Dios, en el
descubrimiento de su corazón de Padre bueno y misericordioso.
Jesús nos ha revelado su rostro, el rostro de un Dios tan grande
en el amor que nos ha dado una esperanza inquebrantable, que ni
siquiera la muerte puede resquebrajar, pues la vida de quien
confía en este Padre se abre a la perspectiva de la felicidad
eterna”. El Papa nos dice en su encíclica que “la gran
esperanza, la que es plena y definitiva, está garantizada
solamente por Dios. Es en Cristo que esperamos, Él es a quien
esperamos”.
El Papa indica cuatro lugares de aprendizaje y de
ejercicio de la esperanza. El primero es la oración: “Cuando ya
nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo
hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con
Dios”. Recuerda el testimonio del Cardenal Nguyen Van Thuan,
quien durante trece años estuvo en las cárceles vietnamitas,
nueve de ellos en aislamiento total: “En una situación de
desesperación aparentemente total, la escucha de Dios, el poder
hablarle, fue para él una fuerza creciente de esperanza”.
San Agustín nos dice que el hombre ha sido creado para una gran
realidad, para Dios mismo, para ser colmado por Él. Pero su
corazón es demasiado pequeño para la gran realidad que se le
entrega. Tiene que ser ensanchado. “Dios, retardando [su don],
ensancha el deseo; con el deseo, ensancha el alma y,
ensanchándola, la hace capaz [de su don] “. Es decir, el hombre
es capaz de Dios. Y no sólo es capaz de Dios, sino que
solamente en Él encuentra su sosiego y felicidad.
El segundo lugar de aprendizaje de la esperanza es el actuar.
“La esperanza, en sentido cristiano, es siempre esperanza para
los demás, una esperanza activa, la cual mantiene el mundo
abierto a Dios”. En nuestro actuar debemos ser testigos de la
esperanza cristiana.
El sufrimiento es otro lugar de aprendizaje: “Conviene
ciertamente hacer todo lo posible para disminuir el
sufrimiento”, sin embargo, “lo que cura al hombre no es esquivar
el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de
aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un
sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor
infinito”.
Dios es el fundamento de la esperanza y “quien no conoce a Dios,
está sin la gran esperanza que sostiene toda la vida: el amor de
Dios, manifestado en Cristo Jesús”. En las pruebas
verdaderamente graves es necesaria esta gran esperanza. Y una de
esas pruebas es el sufrimiento, que puede convertirse en
escuela de esperanza, propone el Papa.
La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por
su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Esto es
válido tanto para el individuo como para la sociedad. ¿Cuánto,
hermanos, nos compadecemos ante el sufrimiento de los demás? ¿O
acaso lo contemplamos de lejos?
El último lugar de aprendizaje de la esperanza es el
Juicio de Dios. Ya desde los primeros tiempos, la perspectiva
del Juicio ha influido en los cristianos, también en su vida
diaria, como criterio para ordenar la vida presente, como
llamada a su conciencia y, al mismo tiempo, como esperanza en la
justicia de Dios. Se nos proclama en la primera carta de San
Juan, capítulo 4: “En esto ha llegado el amor a su plenitud con
nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio. No hay
temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor,
porque el temor mira el castigo; quien teme no ha llegado a la
plenitud del amor. Nosotros amemos porque Él nos amó primero”.
Que nuestra vivencia del amor de Dios sea plena para que nos
acerquemos a Él sin temor, confiando en su misericordia y en su
amor.
Habría que recordar el testimonio de esperanza de Josefina
Bakhita, nacida aproximadamente en 1869 en Darfur, Sudán, y
canonizada por el Papa Juan Pablo II. Cuando Josefina tenía
nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada
y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como
esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, y cada
día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le
quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. En 1882 fue
comprada por un mercader italiano para un cónsul italiano.
Llevada a Italia, allí llegó a conocer a un nuevo dueño,
al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo
había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban. Ahora,
por el contrario, entendió que este Señor era la bondad en
persona; y que Él la conocía, que la había creado, que la amaba
y la esperaba. Este dueño también había sido maltratado.
En este momento nació la esperanza en ella, y recobró sentido su
vida. “Yo soy definitivamente amada”, expresó Bakhita. “Suceda
lo que suceda; este gran Amor me espera”. Ya no se sentía
esclava, sino hija libre de Dios. La esperanza que en ella había
nacido y la había redimido no podía guardársela para sí; esta
esperanza debía llegar a muchos.
Y debe llegar a todos.
Graduada de teología.
nmolina@theadom.org
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