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La Liturgia de las Horas: Tesoro de la Iglesia
“Alabaré tu nombre… cuando la luz sale de su habitación para
recorrer el camino del día… y cuando va a su ocaso y se
oscurece, al comenzar la hora de las tinieblas”. Esta cita del
Libro de Himnos de la comunidad de Qumran recoge la tradición de
Israel de que “dos veces al día, en su comienzo y cuando se van
a acostar, deben manifestar su gratitud a Dios” (Flavio Josefo).
Fieles a sus raíces judías, los cristianos de la primera
generación acudirán a la oración del templo y a la sinagoga,
pero lo harán en nombre de Cristo, invocándolo como Señor y
mediador; así, el rezo de los Salmos será rápidamente
cristologizado, y en la voz del salmista resonará unas veces la
voz de la Iglesia, que dirige las alabanzas y las súplicas de
los salmos a su Señor Resucitado, y otras la misma voz de
Cristo, que clama o alaba a su Padre de los Cielos.
La comunidad creyente entiende que el Dios de la revelación de
la vieja Alianza es el mismo Señor al que ahora se dirige
invocándolo como “Padre nuestro”.
Junto con los Salmos, la oración diaria se va enriqueciendo poco
a poco con hermosas composiciones, antífonas, aclamaciones,
himnos y salmos cristianos llenos de poesía y contenido
teológico. Algunos de éstos aparecerán en los Evangelios, en los
escritos paulinos, en las cartas de Pedro o en el Apocalipsis.
Los cristianos de la generación apostólica siguieron fielmente
la recomendación de su Maestro de perseverar en la oración. Una
oración animada por el Espíritu, unida a la misión y centrada en
torno al Señor Jesús.
Poco a poco, esta actitud de oración va dando paso a estructuras
de oración que se irán desarrollando a lo largo de los siglos.
Tertuliano, a finales del siglo II, considera como obligatoria
la oración que se hace al salir el sol y al caer la tarde; y
como recomendables las oraciones de Tercia, Sexta y Nona, porque
son como una forma de dedicar a Dios todo el día.
Ya hacia el siglo IV, con el monacato y la aparición de las
“Constituciones Apostólicas”, la Liturgia de las Horas habrá
adquirido un uso litúrgico y un formato ya consolidado.
La Liturgia de las Horas fue a partir de entonces oración de la
Iglesia local, presidida por el obispo o por el presbítero, que
buscaba santificar el día, la semana y el año.
Para San Benito, la Liturgia de las Horas es opus Dei, la
“obra de Dios” que, al repartir los tiempos de oración a lo
largo de distintos momentos del día, orienta toda actividad de
la Iglesia hacia la realización del ideal de orar
constantemente.
Lo que atañía a toda la comunidad cristiana pasará a ser, a
partir de la Edad Media, oficio de canónigos y de monjes
clérigos.
Es la época en que el latín empieza a ser cada vez menos
entendido por los fieles, que para poder rezar el Oficio Divino
debían conocer de memoria los 150 salmos del Salterio o poseer
libros, entonces sumamente costosos e inaccesibles para los
iletrados, que eran la gran mayoría de los laicos. Así, el rezo
de las Horas quedó reservado a monjes, canónigos, clérigos y
beneficiados, y prácticamente confinado en monasterios, abadías,
catedrales y conventos.
Habrá que esperar al siglo XX y a la gran reforma del Concilio
Vaticano II, que suprimió las dificultades prácticas que
alejaban a los fieles de la celebración diaria de la Liturgia de
las Horas, nuevamente recomendada a partir de entonces como “la
oración de todo el pueblo cristiano”.
La forma actual de la Liturgia de las Horas pone su acento en
las llamadas “Horas mayores” –Laudes y Vísperas–, para las que
se han seleccionado los salmos más significativos y los
elementos más ricos. Esta oración de la mañana y de la tarde
culmina con el rezo de “Completas”, de un carácter casi privado
y que recuerda la oración de los monjes en su dormitorio antes
de acostarse.
Todas las Horas del Oficio comienzan con un versículo
introductorio en el que, al amanecer, se pide al Señor que nos
abra los labios y, al atardecer, que venga en nuestro auxilio.
Al rezo de salmos e himnos se añaden algunos cánticos tomados
del Antiguo y del Nuevo Testamento, y cada salmo tiene antífona
propia, según el tiempo litúrgico en el que estemos situados.
El rezo de cada una de las Horas termina con una corta lectura
bíblica, un breve responsorio, un cántico evangélico, las
preces, el Padre Nuestro, la oración final y la conclusión del
Oficio.
Junto con el rezo de las Horas, la Iglesia ha conservado el
Oficio de Lecturas, que completa el ciclo presentado por la Misa
diaria con hermosos escritos, fruto de importantes autores
espirituales, y, en la celebración de la fiesta de los santos,
con una segunda lectura acerca de la vida de éstos.
Al igual que el rezo de las Horas, el Oficio de Lecturas
contiene una invitación a la oración y a la alabanza y el rezo
de salmos, antífonas y versículos propios.
El Papa Pablo VI, al reformar la Liturgia de las Horas, buscaba
“hacer rezar mejor a todo el pueblo de Dios”. Deseaba el papa
que “la Liturgia de las Horas penetre, anime y oriente a toda la
oración cristiana”. Una celebración con calidad e
interiorización que, pública o privadamente, se convierta en una
experiencia apacible marcada por el silencio sagrado, para
“meditar y saborear lo que acaba de ser leído, cantado o dicho”.
Es una invitación a adoptar la oración de la Iglesia y
constituir “un solo corazón y una sola alma con los hermanos”
dispersos por toda la geografía de la fe. Porque “el que ora con
la Iglesia rehace constantemente el camino de Jesús y revive con
los apóstoles y los santos todas las épocas de la historia de la
Iglesia”.
Director asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
rzelada@theadom.org
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