|
Cada día:
Un nuevo amanecer
Una señora fue a confesarse con el Padre Albino Luciani, después
Papa Juan Pablo I, el “de la sonrisa”. Estaba desalentada,
porque había tenido una vida moralmente borrascosa. “¿Puedo
preguntarle cuántos años tiene”, le dijo el sacerdote. “Treinta
y cinco”, fue la respuesta. “¡Treinta y cinco! Pero usted puede
vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años, y hacer un montón
de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de
pensar en el pasado, piense en el porvenir y renueve, con la
ayuda de Dios, su vida”.
Y le contó de San Francisco de Sales, que habla de “nuestras
queridos defectos”. Y le explicó: “Dios detesta las faltas,
porque son faltas. Pero, por otra parte, ama en cierto sentido
las faltas, en cuanto que le dan ocasión a Él de mostrar su
misericordia, y a nosotros de permanecer humildes y de
comprender y compadecer también las faltas del prójimo”.
Vivimos de recuerdos, buenos unos y no tan buenos otros. El
recuerdo es bueno cuando da vida; no lo es cuando lleva a la
muerte. “Recuerda el camino que el Señor te ha hecho recorrer
estos cuarenta años por el desierto…” (Dt. 8,2). ¡Qué importante
es para cualquier persona, mucho más para un anciano, el
recuerdo del pasado! Pero es bueno que recuerde los hechos de
vida, los momentos felices; no los de muerte, las desgracias. No
pasar el tiempo en lamentos, suspiros y recriminaciones: “¡Antes
sí era vida! Lo de ahora no sirve”.
Se recuerda el pasado para mirar con amor hacia el futuro y no
repetir más los mismos errores. Se recuerda el pasado, no para
aferrarse a él, como lo único válido, cerrando la puerta a toda
clase de innovación.
En la Biblia tenemos un constante recordar las maravillas que el
Señor ha hecho. Así Moisés invitaba a obrar al pueblo mirando su
pasado, y contemplando en él el amor de Dios para con ellos. Lo
había hecho Jacob antes de pronunciar la bendición sobre los
hijos de José: “El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres,
Abraham e Isaac, ha sido mi pastor desde que existo hasta el
presente día…” (Gn. 48,15). Y Jesús invitará a sus discípulos a
hacer lo mismo: “Cuando os envié sin bolsa, ni alforja, ni
sandalias ¿os faltó algo?” Contestaron: “Nada” (Lc. 22,35).
Si la tendencia a recordar, a revivir, nos aletarga y nos
adormece, tendremos que tener en cuenta lo que dice Isaías: “No
recordéis lo pasado, no os fijéis en lo antiguo. Mirad que yo
estoy haciendo algo nuevo, ya está brotando ¿no lo notáis? (Is.
43,19).
El futuro es lo que viene (Is. 41,22), es lo nuevo (Is. 42,9)
hacia lo que nos empuja el Dios creador, empeñado en completar
la obra que ya tiene comenzada en nosotros y que está aún sin
terminar. El que comenzó en vosotros la obra buena, la
terminará, recordaba Pablo a los Filipenses (1,6). Y tiene por
costumbre “no abandonar la obra de sus manos” (Sal. 138,8).
La obra del Creador no acaba nunca, cada día hay un nuevo
amanecer, tal como lo expresó el poeta hindú Rabindranath Tagore:
Creí que mi viaje tocaba a su fin, que todo mi poder estaba
ya gastado, que ya había consumido todas mis energías y era
el momento de guarecerme en el silencio y en la oscuridad.
Pero me di cuenta de que la obra de mi Creador no acababa
nunca en mí. Y cuando ya pensaba que no tenía nada nuevo que
decir ni que hacer, nuevas melodías estallaron en mi
corazón. Y donde los senderos antiguos se borraban, aparecía
otra tierra maravillosa.
Sacerdote carmelita descalzo.
eugona46@hotmail.com
|