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Obreros del Padre
Todas las lecturas del Santo Evangelio son hermosas. Si nos
aplicáramos a leer con detenimiento cada un de sus pasajes,
encontraríamos una enseñanza sublime en cada estrofa y en cada
verso, un mensaje directo y personal para cada uno de nosotros.
Una de estas lecturas, que hizo impacto en mi vida hace muchos
años, la hallé en trece simples palabras, las cuales cambiaron
mi existencia para siempre. Encontré en Juan 14:10 el propósito
de mi vida, como si fuera una invitación de Dios especialmente
para mí: “El Padre que vive en mí, es el que hace su propio
trabajo”. Cuando leí esto, el impacto me absorbió por mucho
tiempo. La emoción de saber que “Dios vivía en mí”, causó un eco
sonoro en mi existencia. Esas palabras extirparon dentro de mi
corazón los deseos de servir al mundo, de ser esclava del dinero
y dependiente de otras personas y del pasado.
Esas palabras irrumpieron en mi ser con poder, y la visión de
Dios en mi vida se hizo acogedora, y se estableció en mi alma
como una luz guiadora. El significado de esa sencilla frase me
abrió el corazón al entendimiento de Su Palabra, y a sentir gozo
por las cosas de Él.
Poder ser Sus elegidos, aquí en la tierra, nos dispone a ser
sinceros con nosotros mismos, de la misma manera que debemos ser
honestos con Dios y con los que nos rodean, para así llevar a
cabo Su misión apostólica.
Dios nos dota de dones y carismas concedidos por Él, y la
persona que posee esos dones los posee porque el Espíritu Santo
ha querido entregarle esa gracia, que capacita y predispone al
ser humano para emprender obras en favor del Reino de Dios, y
para ponerlas en marcha. De ninguna manera el ser humano puede
darse a sí mismo el carisma que emana de las profundidades de su
alma. Sin embargo, hay personas que, de manera natural, tienen
la capacidad de ser compasivas y misericordiosas, y no por ello
estos dones dejan ser regalos que provienen de Dios
Todopoderoso, aunque el individuo ignore el poder abastecedor de
la Santa Palabra.
La persona que posee ciertos carismas, se distingue por
facilitar la edificación de otros por medio de la sabiduría que
Dios le otorga. Es por ello que el efecto de sus obras se
manifiesta en forma de enseñanza, para que otros puedan aprender
la misión del Padre Celestial a través de la sabiduría que viene
de Dios, motivados por el amor y el servicio a la Iglesia, que
es, a su vez, el servicio al prójimo.
No obstante, el querer ser parte de la vida eclesial como
cumplidores de los designios de Dios, nos coloca en un papel
humilde y no de estrellato. Cuando hemos decidido seguir a
Cristo Rey, no tenemos la potestad de colocar a Dios en una
bolsa, ni de manipularlo a nuestro antojo, llevándolo por
doquier como un amuleto permanente en el bolsillo.
Tampoco significa colocar a Dios en un rincón, y pretender ser
nosotros Dios, porque, para eso, es mejor no servir antes que
confabularnos con nuestro propio ego.
Para poder caminar al lado de Jesucristo, debemos ser
obedientes, amantes de Su Palabra, portadores de humildad y,
sobre todo, sinceros, distribuyendo paz cuando haya guerra y
dando amor cuando haya odios, rencillas y desprecios.
Para llegar al Reino de Dios hay que sufrir. A través del
sufrimiento, podemos palpar la aceptación o el rechazo a llevar
la cruz como seguidores de Jesucristo. Si bien la aceptación se
funde como el bronce y brilla como un lucero, el rechazo al
dolor se propaga como la mala hierba, y conduce al individuo a
un total quebranto.
Por eso hay que ser firmes cuando decidimos seguir a Cristo.
Debemos estar listos para librar la batalla interna que conlleva
el saber contrarrestar, con la oración, las asechanzas del
maligno.
Seguir a Dios es una misión que uno se da a sí mismo. Es, por
consiguiente, un compromiso que sale del alma y no ensombrece el
fuero interno, sino que ese resplandor se adhiere aún más a
nuestra misión de aportar algo valioso a la causa del Evangelio
de Jesucristo.
Y aunque seamos perseguidos por los no creyentes, y hasta
criticados por algunos de los que creen, dentro de nosotros
brilla, perennemente, la cálida sonrisa de Dios, diciéndonos:
“Sigue adelante. Yo estoy contigo”.
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