El Fuego de Emaús

 Rogelio Zelada

Hundidos por la tristeza, los dos discípulos se alejan de Jerusalén por el viejo camino que los lleva de regreso a su antigua vida, a sus oficios, a su paisaje familiar. Caminan sin prisa, con la pesada lentitud del que ha perdido la esperanza y ha quedado con el mal sabor de la muerte y la derrota. En tono bajo y opaco comentan y recuerdan detalles, momentos, situaciones, penas y desencantos.

¿De qué hablan; por que están tan abatidos?

Asombrados, han vuelto la cabeza para responder al viandante que, de tan cerca que iba, no ha podido evitar escuchar la conversación, mientras iban juntos por la calzada de Emaús.

 El camino de Emaús nos recuerda que Jesús va siempre a nuestro lado, y si no lo descubrimos es porque nuestro
corazón está frío y cerrado.

En los relatos evangélicos de las apariciones del Resucitado, el equívoco parece repetirse una y otra vez: María Magdalena, muy acongojada, exige, al que confunde con el jardinero, que le devuelva el cuerpo de Jesús, o que le diga dónde lo ha puesto para ir a buscarlo; a pesar de la red hinchada de peces y de haber sido invitados por Jesús a desayunar a la orilla del lago de Tiberíades, los discípulos ni siquiera se atreven a preguntarle: “¿Quién eres tú?” Los apóstoles, postrados ante Jesús en lo alto del monte, justo antes del solemne momento del envío, todavía se toman su tiempo para dudar, y los caminantes de Emaús sólo ven a su lado a un peregrino totalmente despistado.

Con clara intención, los autores del Nuevo Testamento han querido describirnos el camino catecumenal de sus respectivas comunidades, los primeros cristianos evangelizados por la generación apostólica, que, con todo derecho, se preguntaban dónde podrían encontrar ellos al Señor Resucitado, vivo, real, actuante, como tangible experiencia vital.

Los dos discípulos que abandonan a su comunidad, ponen tierra de por medio porque sus expectativas –tan a flor de piel– no les permitían ver más allá de los linderos del reino de este mundo. Han escuchado acerca de las habladurías de las mujeres y les intriga el misterio del sepulcro vacío, pero a Él no lo han podido ver. Ellos, como María, que lo reconoce por el esplendor de su Palabra, también lo contemplarán a la luz del fuego que les quema el corazón, y en el signo del pan partido y compartido por los hermanos.

 

Jesús va siempre a nuestro lado

En la historia de estos dos decepcionados, Lucas nos avisa que Jesús va siempre a nuestro lado y que, si no somos capaces de descubrirlo, es porque nuestro corazón está apagado, frío y cerrado.

El camino de ida ha sido lento y lleno del pesimismo que nace del desencanto: “…nosotros esperábamos...” Y ahora la noche que llevan por dentro les cae encima: “Quédate con nosotros, que el día ya muere”. Sólo sentados a la mesa de la Eucaristía podrán los discípulos alcanzar la certeza de que el caminante es el Resucitado. La comunidad creyente, para poder tocar y encontrar al Viviente, deberá leer y comprender toda la Escritura en clave pascual.

Los que habían visto sin conocer, ahora deberán conocer sin poder ver.

El camino a Jerusalén ahora se les hace leve y el andar apurado; vuelven con el corazón reventando de gozo y sin temor alguno a las tinieblas de la hora. Regresan como los pastores en la noche de Belén; como los setenta discípulos, hinchados de alegría después de anunciar la cercanía del Reino de los Cielos; como el leproso sanado en el camino al Templo; como todos aquellos que han experimentado alguna vez el encuentro con la abundante misericordia del Señor.

Todos los relatos del tiempo pascual fueron cincelados bajo el signo del viento y del fuego; un viento que silba con furia, arrasa y arrastra, se cuela por las puertas cerradas, pone alas; brota de la boca de Jesús y estremece a la Iglesia naciente derritiendo el miedo, la cobardía y la incertidumbre. El soplo primordial del Paraíso es ahora el aliento que anima la nueva creación de hombres y mujeres lanzados a incendiarlo todo con la Palabra de Aquel que los ha enviado.

Mucho se parecen el viento y el fuego; ambos están fuera de nuestro control; llegan cuando menos se les espera; corren hacia donde les place, y no hay forma de programarlos para que no se nos escapen de las manos. ¿Hay algo más impredecible que el viento y el fuego de Pentecostés, que, sin ser invitados, irrumpen en medio del miedo y la prudencia para echar fuera a todos los que estaban encerrados en la casa?

Necesitamos el fuego de Emaús, el que hace arder por dentro, el que nos arranca de nuestro cómodo desánimo y nos quita el pavor de quemarnos, porque nos saca de la prudente seguridad de la tibieza.

El Beato Juan XXIII abría las puertas del Concilio Vaticano II con el manifiesto deseo de que el violento ciclón del Espíritu Santo pudiera llevarse el polvo acumulado en los entresijos de la Madre Iglesia. Ardientemente esperaba que el fuego del Paráclito, con su incontenible ímpetu, pudiera sacudir y estremecer el coraje de todos los cristianos. Bien sabía el anciano pontífice que la Iglesia, por fidelidad a su misión, no tiene otra legítima opción que dejarse calar, hasta el fondo, por el viento del Espíritu y, apoyada en su fuerza, salir a gritar con urgente prisa, con alegría y pasión, el inaplazable anuncio de que el Señor ha Resucitado.

Sólo así, finalmente, podrá nuestro mundo arder por entero, abrasado por el fuego de la Palabra: el fuego del Espíritu. En definitiva, por el fuego de Emaús.

Director Asociado de la Oficina de Ministerios Laicos.
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