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La voz emancipadora del Espíritu de Dios

Estar unidos en comunión con Dios resulta una extraordinaria
experiencia espiritual. El Señor, por medio de Su amor que se
desborda por sí mismo, absorbe nuestra vida y nos demuestra la
necesidad de estar vinculados a Su Santísima Trinidad: Padre,
Hijo y Espíritu Santo.
La venida del Espíritu Santo ocurre después y en virtud de la
partida de Jesús, redención obrada por Cristo para dar paso a la
misión salvífica del Espíritu de verdad: “Y yo pediré al
Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para
siempre” (Jn. 14: 16). “Pero el Paráclito, el Espíritu Santo,
que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os
recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn. 14: 26).
Y es por eso que, en medio de la volátil tormenta que azota
nuestra vida, la luz del Señor trae una visión deslumbradora y
sabia, despertando nuestros sentidos a la complacencia y a la
fidelidad del alma. Unción que anida en nuestro ser para darnos
vida y para sanar a nuestros corazones maltratados por la
tristeza y la desesperación. Esa luz es el resplandor del
Espíritu Santo, que reside en nuestro interior y nos orienta a
vivir una vida enraizada en la Divinidad de Dios y en la
perfección de Jesucristo.
Por medio del Espíritu que “todo lo sondea, hasta las
profundidades de Dios” (1Co. 2-10), nos acoge para que
proclamemos Su mensaje de Salvación y seamos herederos de Su
eterna misericordia.
De manera que el Espíritu Santo es el que nos guía y nos lleva a
la verdad plena; nos dirige para que seamos fieles portadores de
Su Palabra, para que seamos realidades espirituales y lámparas
encendidas dentro de un mundo falso e incomprensible.
La efusión del Espíritu Santo es un don concedido a los pobres,
a los ricos, a los pequeños y a los humildes. Todos somos
abrazados y bienvenidos por el poder transformador del Espíritu
de Dios, el cual se revela a cada uno de nosotros de una forma
abarcadora, capacitando a Sus elegidos con el don del
entendimiento y sabiduría; acogiendo al necesitado con el fuego
inigualable de Su Espíritu.
El designio divino se sintoniza con la armonía natural del
hombre, cuando éste usa su libertad para vencer las presiones
del mundo y los pecados que suelen interceptar su paso. Esta
doble empresa de armonía y obediencia trae consigo una especie
de afiliación con el Espíritu Santo, el cual intercede –cuando
se falta a ese compromiso inicial con Dios– para salvarnos de
todo mal.
En el Nuevo Testamento, la palabra “espíritu” es la expresión
del Espíritu de Dios, que a la vez significa “alma o el hombre
mismo”, de modo que al ser nosotros influidos por Dios, el
Espíritu Santo se manifiesta para que actuemos no desde el punto
de vista humano, sino desde el Espíritu de Dios, el cual está
actuando en nosotros de una manera indescriptible.
Sin embargo, no siempre vivimos en el Espíritu de Dios; no
siempre mantenemos esa llama encendida. Si fuese así, seríamos
perfectos, pero sólo Dios es perfecto; sólo Él es un mismo Dios
en ellos tres: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Por lo tanto, la
excelencia, la gracia y la majestuosidad de Dios sólo se hacen
fecundas en nosotros cuando mantenemos la fe y la confianza, que
es la unción santificadora del Espíritu.
Es por eso que siempre debemos pedir los dones del Espíritu
Santo, pues son regalos que transforman por completo la visión
mundana, y nos guían hacia una mejor vida, no sólo
espiritualmente, sino que nos llevan a reconciliarnos con
nosotros mismos, y a estar atentos a la voz emancipadora del
Espíritu de Dios: para que seamos portadores del bien, como el
mismo Espíritu desearía que fuéramos.
De acuerdo a las Sagradas Escrituras, el Espíritu Santo es una
Persona divina, diversa del Padre y del Hijo. Sin embargo, las
tres Personas son un solo Dios, dotadas del mismo amor y de la
misma misericordia. Aunque cada una de ellas actúe y se
manifieste de manera diferente, no por ello dejan de ser el
mismo y único Dios, y en Su propia jerarquía, reinan.
Las propias Escrituras nos enseñan las numerosas gratificaciones
que el Espíritu Santo otorga libremente a aquellos fieles que
puedan llevar a cabo la misión apostólica, siendo estos
sencillos talentos como dones excepcionales.
“Una persona puede recibir diferentes dones, pero el que se los
concede es un mismo Espíritu” (1Co. 12: 4). En efecto, el
carisma que se advierte en ciertas personas es la obra
magnificente del Espíritu Santo, el cual obedece las
instrucciones de Dios Todopoderoso para distribuir la gracia,
las virtudes y los talentos, que tienen que ser infundidos por
Él, pues el alma del creyente no podría adquirirlos ni
asimilarlos por sí misma sin la intervención del Espíritu Santo.
En completa renovación diaria
Cada uno de nosotros debe estar en completa renovación diaria,
porque, al igual que el alma es indispensable para la vida de
nuestro propio espíritu, también el Espíritu de Dios es
indispensable para el alma. El cuerpo del hombre y el espíritu
de Dios se entrelazan para alcanzar la plenitud eterna, que es
la Santa Comunión y la Gloria de los cielos.
El Espíritu Santo reside en el alma del creyente y la consagra,
la ennoblece, enriqueciéndola con la Gracia santificante que
sella, con la efusión magnificente de Sus dones, a quienes se
inclinen con devoción ante Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Autora del libro
¡Mujer, levántate!
http://www.brisauniversal.com/
noris@brisauniversal.com
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