La
Liturgia de las horas y su valor espiritual
Los gestos hablan sin palabras (III)
El 1° de noviembre de 1970, solemnidad de Todos los Santos,
después de cinco años de intenso trabajo en la renovación de la
Liturgia de las Horas u Oficio Divino, y bajo la dirección del
Cardenal Annibal Bugnini, el Papa Pablo VI ofrecía la
Constitución Apostólica Laudis Canticum, en la cual nos
exponía su importancia, cómo con ella santificar el día, los
distintos elementos que la componen, y cómo servirse de ella en
las diversas celebraciones a lo largo del año eclesiástico.
Este documento, que recogía el sentir de la Iglesia universal
durante el concilio, y el de la Comisión de la Restauración
Litúrgica, resultó un gran regalo para que clero y laicado
pudiéramos orar con un mismo instrumento, en las propias
lenguas, a través del mundo. Con la Liturgia de las Horas u
Oficio Divino podíamos orar hablando con los Salmos y las
oraciones, así como escuchar al buen Dios en la lectura de la
Biblia, de los Padres de la Iglesia, y de escritores
eclesiásticos que viven con el sentir de la misma.
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El
Obispo Martín Villaverde (centro) durante la inauguración de una
exposición de pintura religiosa en la ciudad de Matanzas (Cuba),
en la década de 1950. A su derecha, el poeta Américo Alvarado y
la esposa de éste, la pianista y compositora Olga Teixeiro. En
el extremo opuesto de la foto, el pintor matancero José Coro
Marrodán, autor del cuadro de la Virgen de Matanzas que aparece
al fondo. |
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Juan Pablo II quiso, antes de morir, dejarnos un valioso legado,
al dedicar en sus catequesis del tercer milenio, cada miércoles,
el comentario de cada salmo y también el cántico del Antiguo y
Nuevo Testamentos, comentado a la luz de los estudiosos
biblistas actuales y los Padres de la Iglesia. La luz evangélica
vieja y nueva nos hace saborear el salmo o el cántico de manera
provechosa, tanto para nuestra propia vida espiritual como al
compartirla con los fieles en nuestro ministerio pastoral.
Todo esto es muy valioso, pero tengo que confesar que lo que más
me ha movido a apreciar el Oficio Divino han sido hechos, gestos
o vivencias de otros hermanos en la fe, a los que he admirado, y
que han sido instrumentos del Espíritu Santo para invitarme a
tratar de seguir sus pasos, consciente de las deficiencias
humanas que me acompañan.
Recuerdo a mi primer párroco: se llamaba Manuel Colmena, buen
sacerdote que dedicaba todo su tiempo a sus feligreses. Lo
recuerdo siempre rezando con la Liturgia de las Horas. Era fiel
a la oración y rezaba tan alto como si el buen Dios fuera sordo.
Como lo hacía en latín yo nada entendía, pero un día le pregunté
qué era aquello y me respondió: “Tengo que orar por ustedes cada
día.”
Siempre recuerdo al bueno de Mons. Eduardo Boza Masvidal
caminando despacio por la calle y rezando la Liturgia de las
Horas. Lo veía tan entretenido al leer aquel libro, que si un
automóvil hubiera venido hacia él, el conductor hubiera tenido
que detenerse frente al obispo, quien no temía al peligro porque
seguía caminando sobre la tierra con su corazón en el Cielo.
Mucho admiré al Obispo Bernardino Piñera, en el sur de Chile,
durante el tiempo en que realicé mi ministerio en su diócesis de
Temuco. Era hombre de gran capacidad en el trabajo pastoral y no
fácil de imitar. Lo vi predicar misiones entre las tribus de los
mapuches hasta muy tarde en la noche, después de un largo día de
trabajo en su oficio episcopal, atendiendo a todo el que
llegaba, y siempre lo vi cuidadoso de cumplir el rezo del Oficio
a pesar del cansancio.
Admiré mucho a Mons. Alberto Martín Villaverde, obispo de
Matanzas, no sólo porque era mi obispo, sino porque era un
apóstol con una gran visión pastoral; un hombre de gran
actividad. Y lo que más me hizo admirarle era que la mayor parte
de las veces que lo veía, estaba con el breviario en sus manos,
lo que me hacía pensar que lo había rezado o se disponía a
rezarlo.
El P. Romeo Rivas, compañero de siempre en los estudios y en el
apostolado, disfrutaba mucho con el rezo de los Salmos y la
lectura de la Biblia en la Liturgia de las Horas. A veces lo vi
detenerse y comentar al que se acercaba el sentido de un salmo o
la lectura del día.
Siendo vicario del Apostolado Hispano, tuve que visitar al
Arzobispo Coleman Carroll para asuntos pastorales. Siempre lo
encontré cargado de trabajo, respondiendo correspondencia que
nunca se terminaba, y recuerdo que, al darme la mano derecha,
sostenía en la izquierda la Liturgia de las Horas. Nunca pude
saber si la empezaba o la terminaba
El Arzobispo Edward McCarthy era también muy fiel a la Liturgia
de las Horas. Recuerdo que cuando viajábamos juntos escribía
mucho, interrumpiendo su escritura para abrir el Divino Oficio y
orar. El año 1984 lo dedicó a invitarnos a crecer en la vida de
oración en nuestra Arquidiócesis de Miami. Durante el retiro que
hicimos los obispos del sureste en la casa de ejercicios de los
P. Pasionistas, en West Palm Beach, nos escribió una linda carta
pastoral que tituló “Los sacerdotes y la Liturgia de las Horas”,
donde nos invitaba a todos, clero y laicado, a orar con la
Iglesia.
Recordaba el arzobispo que, aunque en ciertos casos en que la
labor pastoral era muy intensa, y en los que la Arquidiócesis
permitía al sacerdote sustituir el rezo de la Liturgia de las
Horas por la realización de actividades apostólicas de igual
duración, él urgía a que esto se realizara raramente, debido a
la importancia de la Liturgia de las Horas para la vida
espiritual del sacerdote.
El Arzobispo John Clement Favalora escribió en The Florida
Catholic tres magníficos artículos donde nos explica de
manera sencilla y pedagógica las cinco partes de la Liturgia de
las Horas, invitándonos tanto al clero como a los seglares a
descubrir el tesoro escondido que se encuentra en los Salmos y
lecturas bíblicas de la misma.
No quisiera terminar sin recordar al P. Michael Patrick Keller,
un sacerdote misionero irlandés que trabajó por 25 años en este
Sur de La Florida. Fue ordenado en junio de 1958 y hubiera
celebrado este año sus bodas de oro. Trabajó intensamente en las
parroquias de St. Brendan y Little Flower, de Coral Gables, así
como en St. Gregory y Holy Name. Compartió su gran devoción
mariana con los miembros de la Legión de María, de la cual fue
director espiritual.
El P. Keller murió el 17 de mayo del año 1983, precisamente en
el mes de la Virgen, y murió con la Liturgia de las Horas en sus
manos. ¡Qué linda muerte! Interrumpió el cántico de alabanza en
la tierra para continuarlo en la eternidad del Cielo.
¿Quién no quisiera morir así?
Medio
siglo tratando de escuchar al Señor (IV)
Mi primer encuentro con la Biblia fue como a los catorce años,
cuando comencé la preparación para entrar en el grupo juvenil de
la Acción Católica. Aquellas reuniones comenzaban siempre con la
lectura y el comentario del Evangelio. Entonces empecé a
descubrir la Palabra de Dios. Me compré una Biblia con mis
escasos ahorros y, hojeándola, me di cuenta de que no era fácil
entenderla sin alguien que nos la explicara. Entonces comprendí
que el papel de la Iglesia, dos veces milenaria y guiada por el
Espíritu Santo, era fundamental.
Al comenzar mis estudios de filosofía en el seminario recibí un
curso de introducción a la Biblia. Recuerdo que el profesor
insistía en que la Biblia, revelación de Dios a los hombres, se
nos da para escuchar al Señor. Al mismo tiempo nos hacía
descubrir la diferencia entre oír y escuchar, que
aunque ambas acciones son producidas por el mismo sentido del
oído, se diferencian. Oír es percibir sonidos que pasan
sin que nos detengamos a pensar. Escuchar es poner
atención al que habla, reflexionando, y somos capaces de prestar
atención para responder al que nos habla.
Desde entonces comencé a hacer un esfuerzo por escuchar al
Señor. Ya en teología, en las clases de Sagrada Escritura, el
interés creció mucho más.
La Divina Palabra nos llama a escuchar al buen Dios. Así se
expresa en Amós 3.1 y Jeremías 7.2, así como en el libro de los
Proverbios 1.8 y el Deuteronomio 6.4. En el Nuevo Testamento, el
libro de los Hechos de los Apóstoles, 16.14, nos dice que no
basta abrir los oídos para recibir la Palabra de Dios, es
necesario abrir el corazón. En San Mateo 17.5, el Padre nos
presenta en la Transfiguración a Cristo su Hijo con estas
palabras: “Éste es mi Hijo, el amado, en quien me complazco.
¡Escuchadle!”.
Desde hace medio siglo que recibí la Liturgia de las Horas, me
he esforzado en tratar de escuchar al buen Dios en el Oficio de
Lecturas. Esta parte del santo libro se orienta a ofrecernos,
como pueblo de Dios que somos, un abundante alimento espiritual
servido en el precioso plato de la Liturgia de las Horas cada
día. La Iglesia, como maestra, lo organiza siguiendo a los
personajes bíblicos según el tiempo litúrgico: Isaías nos
prepara y nos presenta sus profecías referentes a la venida del
Mesías; Moisés, en el libro del Éxodo, nos invita a caminar
hacia la Pascua; Pedro y Juan nos preparan durante el tiempo
pascual para recibir el Espíritu Santo en Pentecostés.
El tema de las lecturas es lindo, pero demasiado rico para
tratarlo en un solo artículo. Les prometo continuar
compartiéndolo en otras ocasiones. Hoy quisiera limitarme a las
lecturas bíblicas durante las siete semanas del tiempo pascual.
Al terminar el domingo de Pascua de Resurrección, podemos ver
cómo la alegría pascual se extiende durante siete semanas en las
cuales Pedro y Juan son los que nos sirven de mensajeros del
Señor, como Isaías lo fue en Adviento y Navidad, y Moisés en
Cuaresma.
San Agustín nos ofrece un comentario del Evangelio de San Juan
titulado “Dos vidas”, que se lee durante este santo tiempo, en
donde el gran obispo nos presenta a los dos testigos de la tumba
vacía, Pedro como el mensajero de ahora, y Juan el del futuro.
Así, en la primera semana, Pedro abre el período pascual con su
primera carta, dirigida a aquellas comunidades que viven dentro
de una diáspora llena de sufrimientos por la persecución del
imperio romano y la religión pagana al servicio del mismo
imperio. Pedro les exhorta a la constancia y valentía en la
lucha por defender su fe, pero también les invita a vivir con
alegría en las pruebas con las cuales demostrarán su amor al
Señor.
En las siguientes seis semanas, es Juan el testigo que toma la
palabra con el libro del Apocalipsis durante cuatro semanas, y
con las tres cartas en las últimas dos semanas. Prácticamente,
la Liturgia de las Horas nos hace vivir este alegre tiempo
pascual caminando con los dos apóstoles: Pedro y Juan.
El Apocalipsis es libro que despierta curiosidad, pero es
difícil. Nos está invitando a seguir a Cristo, luchando en la
oscuridad de la noche de la fe para serle fiel. Esto nos hace
pensar que ayer como hoy, la lucha no debe detenerse durante
este viaje que estamos realizando hasta nuestra entrada en la
gloria. Vivimos en una familia que es la Iglesia, que sigue al
Señor y, aunque la persecución cambia de rostro, el perseguidor
es el mismo: Satanás. El libro nos presenta las verdades
vestidas en símbolos para que nosotros las desvistamos en el
tiempo que cada generación las necesite.
Cristo es presentado como el Cordero sacrificado (degollado), y
la Iglesia como una mujer madre que da a luz a un niño
representando al pueblo cristiano aquí, y una hermosa ciudad
donde habitará una multitud que nadie puede contar allá, y que
llevará por nombre la Jerusalén Celeste.
Cristo, Alfa y Omega con su Iglesia, es combatido por el
enemigo, que es el diablo representado por el dragón, y se sirve
de dos bestias o fieras que representan al imperio romano y a la
religión pagana que lo apoya. El hombre, herido por el pecado,
en muchas ocasiones se desvía por el mal camino, pero el buen
Dios de la misericordia intenta purificarlo con castigos que
invitan a la conversión.
Los ángeles aparecen como los mensajeros de Dios, a veces con
trompetas avisando lo que ha de venir; otras, con copas
derramando los castigos sobre la humanidad que no ha querido
obedecer.
El Apocalipsis, para el pueblo de Dios que lo lee, es la Palabra
viva que nos viene del Cielo como en toda la Biblia, y que nos
llama a despertarnos y a despertar a los que nos rodean,
descubriendo que la historia de salvación no ha terminado, ya
que el buen Dios continúa queriendo salvar a la humanidad.
El demonio lucha hoy contra Cristo y los cristianos, como hace
dos mil años atrás; las fieras que simbolizan el poder y la
superstición cooperan siempre con él, aunque de distintas
maneras, en el combate contra Cristo y su Iglesia.
Los imperios perseguidores pasan, pero la neblina sutil de las
ideologías nos sigue impidiendo descubrir la obra del Señor a
plenitud.
El odio del Maligno en el anticristo no disminuye, pero San
Juan, en las últimas dos semanas de la Pascua, con sus tres
cartas, nos presenta la llave del triunfo en este combate. Es la
fuerza del Dios Amor, que infunde su amor en nosotros para que,
amándolo a Él como Padre, nos amemos nosotros como hermanos. La
carta nos llama a orar porque: “si le pedimos algo según su
voluntad, nos escucha.”
El Apocalipsis termina infundiéndonos esperanza en la lucha:
Cristo, Cordero de Dios e Hijo del hombre, triunfará sobre las
fieras, cooperadoras del dragón. Un nuevo mundo aparecerá al
final con una nueva Tierra y un nuevo Cielo.
Los números aparecen en no pocas partes del libro, pero, así
como en la charada cubana, no se usan tan sólo para contar
matemáticamente, sino para simbolizar realidades.
El 3 representa al Cielo con el Dios Uno y Trino; el 4,
la Tierra con la humanidad; y el 7, suma de ambos, el
abrazo o comunión de Dios con los hombres. El 12,
recordando las doce tribus de Israel, significa pueblo, y
la multiplicación del mismo nos da 144,000, que representan a la
multitud de la humanidad salvada.
Al final del libro nos encontramos que toda su estructura
literaria está compuesta sobre el número 7. Siete son las
ciudades, los sellos misteriosos, las trompetas que avisan, los
signos, las copas, las locuciones y las visiones, y es el 7
el número de la unión de Dios con el hombre; es el número de la
comunión, del abrazo de la Divinidad con la humanidad.
La Biblia, carta de Dios a los hombres, termina con el
Apocalipsis, un abrazo entre Dios y el hombre. Por eso cada año,
al leer este libro en el tiempo pascual, le pido al Señor que me
escuche para que siempre pueda escucharle, porque soy
consciente de que nunca la comunicación de dos personas es más
fuerte que cuando se hablan y se escuchan mutuamente.
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