La madre: Lo más semejante a Dios

 María Ungredda

Todos los años, cuando llega el Día de la Madre, me pregunto: “Y ahora, ¿qué digo? ¡Ya todo esta dicho!”

¡Y qué fácil es caer en lugares comunes de alabanza “barata”, al uso y consumo de los almacenes que en esta fecha quieren incentivar sus ventas! Pensaba en estas cosas, cuando de pronto me brilló una luz. Debe ser el Espíritu Santo que, coincidencialmente, llega este mismo domingo, quien me sopla estas ideas que, tal vez, ayuden a comprender mejor el misterio de la maternidad, que sigue siendo un gran misterio que ni de lejos se agota en lo biológico, sino que hunde sus raíces en el más profundo misterio de la vida y de su creador: en Dios mismo. Es a Él a quien debemos remontarnos si queremos tratar de comprender aunque sea un asomo del milagro de la maternidad.

San Pablo, hablándoles a los moradores de Atenas del Dios para ellos aún desconocido, les dijo: “En realidad no está lejos de cada uno de nosotros, porque en Él vivimos, nos movemos y existimos!” (Hc. 17: 28.)

Si así es Dios, pienso yo, la madre es lo más parecido a Dios que hay en el mundo El hijo (prefiero no llamarlo feto), transcurre nueve meses en el vientre de su madre, alimentado y cobijado por ella, sin que él pueda verla. Será mas tarde, cuando salga de esa oscuridad a la luz del sol, que pueda reconocer esa voz que antes escuchaba, aunque no sabía de dónde le venía, y conocer su rostro y su sonrisa, que antes ni siquiera imaginaba. Del vientre de la madre, el niño pasa a los brazos de ella.

Y allí, el niño es alimentado, aseado, acunado y arrullado con canciones de ángeles que le producen bienestar, placidez, y un adorable y alimentador sueño. De allí que el parto, desde la Antigüedad, se haya comparado con la muerte. Porque la muerte es el verdadero nacimiento del hombre, que lo introduce en la patria que no tendrá fin, y donde el hijo se encuentra cara a cara con su Padre-Madre Dios, a quien conocía sólo “de oídas”.

Pero las únicas semejanzas no son éstas. Cuando Jesús nos habla de su Padre del cielo, lo describe como Alguien que ama a sus hijos de forma absolutamente gratuita, que envía el sol y la lluvia sobre buenos y malos sin distinción alguna. Nos dice además que el Padre es misericordioso y que siempre está dispuesto a perdonar a sus hijos y a olvidar sus ofensas. Nos habla también de su preocupación por vestirlos y alimentarlos y ayudarlos en todas sus necesidades. Y las madres, ¿acaso no son así? ¿Tiene acaso descanso la madre si no tiene a su familia alimentada y encaminada en derroteros de orden y bienestar? ¿Cuántos sacrificios no hace una madre para conseguir el alimento para sus hijos? Ella misma es capaz de privarse de un bocado para repartirlo entre los suyos.

¿Ha mirado alguna vez una madre su cansancio, cuando su hijo está enfermo y hay que velarlo día y noche? ¿Y quién puede ganarle a la madre en imaginación e iniciativa, cuando de remediar una necesidad o un conflicto se trata? En un mundo que tergiversa los términos y los vacía de su contenido original, la palabra amor parece como desgastada, manipulada en muchos ámbitos de las relaciones humanas. Y sin embargo, el amor de la madre sigue en pie, a pesar de tantos abusos y pecados, dando la pauta del verdadero valor oblativo del amor, reafirmando con su presencia y testimonio que Dios se ha hecho hombre en Cristo Jesús, pero que también se ha hecho mujer, de alguna manera, en toda madre y de manera insuperablemente admirable en la misma Madre de su Hijo y Madre nuestra, María de Nazaret. En ella, todas las madres tenemos un modelo inspirador, aliento y protección. Ella es el máximo ejemplo de la femineidad y de la maternidad, la flor en la solapa de la humanidad, el orgullo de la raza humana.

Qué bueno sería que las madres, en ese día en el cual recibimos tantos parabienes y regalos, recordáramos que somos portadoras de un don tan inmenso como inmenso es el amor de Dios hacia los hombres.