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No tengas miedo
Pablo Coelho nos cuenta que, un día, un becerro atravesó un
bosque virgen para volver a su pastura. Abrió un sendero
tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas para
llegar adonde quería. Al día siguiente, un perro usó ese mismo
sendero para atravesar el bosque.
Después fue el turno de un carnero, y el de los seres humanos…
Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle
principal del poblado y, finalmente, en la avenida principal de
la ciudad. Todos se quejaban del trayecto, porque peor no podía
ser.
Mientras tanto, el bosque se reía, al ver que los humanos tienen
la tendencia a seguir ciegamente los caminos que ya han sido
abiertos, sin cuestionarse nunca si ésa es la mejor elección.
Hay miedo a abandonar los viejos caminos, a emprender nuevos, a
soltar, a quedarnos sin seguridades. La perspectiva de lo que
conlleva la vejez, acarrea en los que la ven cercana, temores,
miedos, soledades, enfermedades.
Se ha dicho que “el miedo guarda la viña”. Pero una viña no es
sólo algo para guardar, sino para cultivar y cosechar uvas, para
alegrar la vida de su dueño. También se ha dicho que “más vale
pájaro en mano que ciento volando”. Pero el pájaro en la mano es
sólo un prisionero, una víctima.
El miedo nos ata, nos paraliza, nos esclaviza. El miedo acaba
con todos los proyectos, sueños e ilusiones. El miedo a la
enfermedad, al fracaso, a morir, nos hace anticipar la muerte,
pues que nos hace vivir muertos de miedo. Acabar con el miedo es
derribar fronteras, inventar horizontes, arriesgar. Y no podemos
vivir de ilusiones, pero tampoco sin ellas, sobre todo las que
nacen de la esperanza.
El cristiano, como Abrahán, se sabe en una situación provisional
y vive como extranjero y forastero, con la esperanza puesta en
el Padre, el único tesoro en la medida de su corazón de hijo. La
vida cristiana exige el comportarse como hijos de Dios,
permitiendo que Él sea el único tesoro que arraigue en el
corazón y oriente toda la vida. Él es la Roca firme sobre la que
edificamos nuestra vida.
Cuando Raquel sentía la dificultad del parto, la comadrona le
dijo: “No tengas miedo, que tienes un niño” (Gn. 35: 17). Así
animaba la comadrona a Raquel en el momento del alumbramiento de
su segundo hijo. La madre murió, pero quedó Benjamín, “hijo de
mi derecha, de mi fortuna”, que llevará en su nombre, como una
confesión de fe, la victoria de la vida sobre la muerte.
En los momentos de temor, es bueno mirar hacia arriba y confiar
en el autor de la Vida:
“Escuchadme, casa de Jacob, resto de la casa de Israel, con
quien he cargado desde que nacisteis, a quien he llevado desde
que salisteis de las entrañas: hasta vuestra vejez yo seré el
mismo, hasta las canas yo os sostendré; yo lo he hecho, yo os
seguiré llevando, yo os sostendré y os libraré” (Is. 46: 3-4).
Cuesta confiar en el Padre en los momentos en los que no hay
fuerzas, ni físicas ni psíquicas. Se sabe y se reza: “Entre tus
manos están mis azares, mi suerte está en tu mano” (Sal. 31:
15), pero la naturaleza se resiste a abandonarse, a saber que,
aunque sea de noche, Él sigue ahí.
La fe en Dios espanta o, al menos, aminora los temores.
El creyente vive en desarraigo; sabe que está en las manos de
Dios. El Señor nos invita a no temer, a confiar en el Padre. Y
Pablo dirá: “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra
nosotros? ¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo? Pues estoy
convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni
principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni
profundidad, ni criatura alguna, podrá apartarnos del amor de
Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro” (Rm. 8: 31-39).
Son de alabar todos aquellos que echan una mano al anciano para
que supere el miedo a la soledad, al futuro, a caerse.
Necesitamos bienes para vivir, pero lo que necesitamos de verdad
son razones para vivir. “Donde está vuestro tesoro, allí estará
también vuestro corazón”, nos dice Jesús. Si ponemos el corazón
en el dinero, éste nos cambiará un corazón de carne en uno de
piedra, frío y sin entrañas.
Nuestro corazón se va transformando a lo largo de la vida, a
imagen y semejanza de nuestro tesoro. Si en el corazón reside el
amor, habrá vida, generosidad, entrega, pues sólo el que ama
vive abierto a los demás.
Sacerdote carmelita descalzo.
eugona46@hotmail.com
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