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La última de su orden
En más de una forma, la partida de una misionera
de Victory Noll deja un vacío en el Sur de la Florida.
Ana Rodríguez-Soto
Especial para La Voz Católica
Balancea su cuerpo encorvado con un bastón, que también usa para
llamar a las puertas.
Una operación de tiroides, problemas en las rodillas y 89 años
de vida han hecho que la Hna. Patricia Knapp disminuya sus
actividades, pero esta misionera de Victory Noll no ha dejado de
trabajar.
Aunque está retirada desde 1992, sigue llevando la Comunión a
los enfermos todas las mañanas después de la Misa. Sirve como
voluntaria una vez al mes en el departamento de policía de la
ciudad de Coral Springs, y ayuda en la oficina de St. Andrew
Towers, donde vive en un pequeño y acogedor apartamento.
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Aunque
está retirada, la Hna. Patricia Knapp, de Victory Noll, les trae
la Comunión cada mañana a sus vecinos de St. Andrews Towers, el
albergue arquidiocesano para ancianos anexo a la parroquia St.
Andrew, en Coral Springs. En esta foto se le ve ofreciéndole la
Comunión a Marie Joseph. La Hna. Knapp será la última Hermana de
Victory Noll que servirá en la Arquidiócesis. Ana
Rodríguez-Soto/TFC. |
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Destinado para los ancianos y los discapacitados, el complejo de
apartamentos es administrado por Catholic Health Services, y
está localizado frente a la parroquia St. Andrew, en Coral
Springs.
La Hna. Knapp comenzó a trabajar en el complejo en 1987, y allí
les ofrecía servicios sociales a los residentes y mantenía un
registro de los historiales médicos de cada uno. Cuando se
retiró, cinco años más tarde, se mudó para el complejo y su
ministerio continuó.
Cuidaba a dos niños pequeños para que la madre asistiera a la
universidad. Supervisaba la producción de más de cien delantales
de carpinteros para voluntarios del proyecto de viviendas
asequibles Habitat for Humanity. Trabajaba en el equipo de RCIA
de la parroquia St. Andrew, destinado a preparar adultos para
integrarse a la Iglesia. Y servía como guía de grupos bíblicos
para los residentes del complejo.
“Éstas son las cosas que me mantienen activa”, explica la Hna.
Knapp, quien está acostumbrada a trabajar fuerte, ya que creció
en una finca en South Haven, Míchigan, junto con nueve hermanos
y hermanas. “Mi hermana y yo ya pasterizábamos la leche y no
habíamos entrado aún a la secundaria”, recuerda. “Mis primeros
ocho años de estudio fueron en una escuela que consistía de un
solo salón”.
Sus hermanos ordeñaban las vacas y distribuían la leche. “Se
puede decir que éramos una familia feliz y que nos ayudábamos
mutuamente. Esta práctica la trasladé a mi vida religiosa”,
expresa la Hna. Knapp, que dejará el Sur de la Florida en mayo
para regresar a la casa madre, en Huntington, Indiana.
Sus superioras, comenta ella, sienten que “mi condición física
lo requiere”. Su partida marcará el fin de una era que comenzó
en 1952, cuando las misioneras de Victory Noll llegaron a
trabajar a lugares como Punta Gorda, Sebring y Belle Glade,
ciudades que estaban bajo la jurisdicción de la diócesis de San
Agustín, que en aquel entonces cubría casi todo el estado.
Las misioneras se incorporaron a la diócesis de Miami cuando
ésta fue fundada en 1958, lo cual hace a la Hna. Knapp la última
Hermana de Victory Noll en servir en la Arquidiócesis. “No hay
nadie más aquí, y no hay nadie a quien enviar”, explica ella.
La Hna. Knapp entró a la orden en 1940, a la edad de 21 años,
después de haber trabajado como ama de casa y niñera de una
familia en Chicago y, antes de eso, en una panadería judía. Se
enteró de la existencia de la orden mientras leía un artículo en
Our Sunday Visitor, el periódico católico nacional
fundado por el Arzobispo John F. Noll, de Fort Wayne, Indiana,
amigo y benefactor de la congregación, que ha adoptado su
nombre.
La congregación fue fundada en 1922 por el sacerdote John
Sigstein, con el nombre de Hermanas Misioneras de Nuestra Señora
de la Victoria. La casa madre es conocida como Victory Noll, y
el Arzobispo Noll, al fallecer, fue enterrado en su cementerio.
Las Hermanas de Victory Noll tenían una visión adelantada, en el
sentido de que no se limitaban a la educación o la enfermería.
Su misión era servir a los pobres y oprimidos de una “manera
personal y no institucionalizada”, proclamando el Evangelio,
trabajando por la justicia y dándoles fuerza a los laicos. Las
Hermanas se encargaban de ministerios como la educación
religiosa de niños y adultos, y de proveer de servicios sociales
a los pobres y ancianos.
“Nosotras realizábamos el censo católico”, explica la Hna.
Knapp, que trabajó en Míchigan, Colorado y California antes de
venir a la Florida.
“Yo lo hice todo, desde aparentar que sabía tocar el órgano,
hasta cantar y dar servicios sociales”, nos cuenta, recordando
la primera puerta que tocó mientras realizaba el censo
parroquial en Colorado.
“¿Es usted católica?”, le preguntó la Hna. Knapp a la mujer que
le abrió. “Gracias a Dios, ¡no!”, le dijo la mujer antes de
cerrarle la puerta en la cara.
La Hna. Knapp aprendió una lección: “Ése era su privilegio. No
tenían que ser católicos”.
Esa lección ha caracterizado su enfoque hacia los ministerios,
nos cuenta. No se trata tanto de la conversión sino de compartir
con el prójimo. “Necesitas personas en tu vida que te ayuden a
sobrepasar los obstáculos en el camino”.
Esto es lo que Kathy Cordero recuerda y va a extrañar más de la
Hna. Knapp.
“Ella siempre está cuando la necesitas. Así es ella”, dice la
residente del complejo St. Andrew, quien le atribuye su regreso
al catolicismo a la mujer que le ha llevado la Comunión a su
esposo todas las mañanas durante los últimos siete años.
Cordero creció en una familia episcopal, pero se convirtió al
catolicismo cuando se casó, a los 19 años. “No regresé a la
Iglesia hasta que mi esposo se enfermó, hace 12 años”, nos dice.
Cuando Cordero se mudó al complejo St. Andrew, la Hna. Knapp le
explicó que no podía recibir la Comunión sin antes confesarse.
“Si no fuera por ella, no lo hubiera sabido”, dice Cordero, que
desde entonces asiste a Misa diariamente y a confesión cada dos
semanas. “Ella me ha enseñado mucho. Ha sido una gran
inspiración para mí. La voy a extrañar mucho”.
La Hna. Knapp va a extrañar a los Cordero y a todos aquellos a
quienes ella les toca la puerta cada mañana. Va a extrañar sus
caminatas diarias para asistir a la Misa de 7:00 a.m. en St.
Andrew, y su camino de regreso para llevarles la Comunión a
aquellos que no pueden caminar.
Al principio estaba triste porque tenía que mudarse, pero ahora
“yo sé que tiene que ser así y no dejo que perturbe mis
actividades diarias”, dice la Hna. Knapp. Y señalando hacia las
fotografías y los reconocimientos que ha recibido, añade: “Mira
todos los recuerdos que tengo”.
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